El valor de la puntualidad

“ Procuro ser siempre muy puntual,
pues he observado que los defectos
de una persona se reflejan muy
vivamente en la memoria de
quien la espera.”
Nicolas Boileau - Despéraux

Para ser puntual primeramente debemos ser conscientes que toda persona, evento, reunión, actividad o cita tiene un grado particular de importancia. Nuestra palabra debería ser sinónimo de garantía para contar con nuestra presencia en el momento preciso y necesario.

Lo más grave de todo esto, es encontrar a personas que sienten “distinguirse” por su impuntualidad, llegar tarde es una forma de llamar la atención, ¿falta de seguridad y de carácter? Por otra parte algunos lo han dicho: “si quieren, que me esperen”, “para qué llegar a tiempo, si...”, “no pasa nada...”, “es lo mismo siempre”. Estas y otras actitudes son el reflejo del poco respeto, ya no digamos aprecio, que sentimos por las personas, su tiempo y sus actividades.

Parece que ante cualquier cita u hora prevista para acudir a cualquier acto, gestión o lugar de interés, se cuenta ya de antemano con un margen de tiempo, de algunos minutos, para poder llegar después de la hora prefijada sin que a nadie extrañe lo más mínimo, ni exija por tanto, ningún tipo de explicación o de reparación. Como mucho, se presentarán excusas con las consabidas disculpas, que no suenan sino a razones huecas porque ya se saben y se utilizan más allá de la estricta realidad.

Es verdad que el ritmo de la vida actual presenta no pocos inconvenientes para ir de un lugar a otro, de una gestión a otra, ajustando con precisión los tiempos necesarios. Pero el problema no son estas realidades de los medios para desplazarse o las múltiples ocupaciones que se han de atender, sino más bien el escaso esfuerzo que se hace por ser puntual. Este es realmente, diríamos, el ‘drama’, porque no se tienen en cuenta las más elementales reglas de urbanidad, de convivencia, ni se atiende a la consideración y respeto que merecen los demás.

Si se trata de concertar una cita, se puede encontrar con la persona que descuenta previamente el tiempo de su propia impuntualidad, indicando a su interlocutor la hora 10 ó 15 minutos antes de la que él piensa llegar, y así no esperará cuando se demore en llegar esos minutos tarde o incluso algunos más.

Total que una vez desde un lugar, otra desde otro, una vez siendo el que pone la hora y por tanto el responsable de que se cumpla, y otra vez en el sentido contrario, lo cierto es que no hay forma de conseguir que la puntualidad sea el verdadero árbitro de unas relaciones humanas que deben estar marcadas por la armonía y el buen hacer.

Recuerdo perfectamente que un Q.·. H.·. me dijo que el hacerme esperar tanto el día de mi iniciación, era parte del ejercicio para fomentar en mí la paciencia y la tolerancia, virtudes entre los masones. De hecho, me ejercito cada viernes, pues pronto descubrí que para la mayoría de mis Hh.·., la práctica de la puntualidad no tiene la menor importancia, y hoy por hoy, ya no sé si la hora establecida es para llegar o para comenzar trabajos.

En fin QQ.·. HH.·. estamos empezando un nuevo ejercicio masónico y es ocasión propicia para una nueva dinámica de trabajo.

Vivir el valor de la puntualidad es una forma de hacerle a los demás la vida más agradable, mejora nuestro orden y nos convierte en personas dignas de confianza.

Finalmente  pensémoslo como  una  actitud  de  respeto  hacia  los demás  puesto  que hay   o  hubo otra  persona   que  se  tomó el mismo trabajo en acudir  y se organizó  (como nosotros)  para llegar a tiempo.

21 de enero de 2005

A. P. H.

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